La función metalingüística es hablada por primera
vez por Roman Jakobson en 1956, en una "disertación" presentada en la
"Linguistic Society of America" y publicada veinte años más tarde
bajo el título "Metalanguage as a Linguistic Problem". Según su propia
confesión, Jakobson calca el término metalenguaje del lógico polaco Alfred
Tarski.
Cuando el metalenguaje aparece, la función
metalingüística constituye un fin en sí misma y el lenguaje es fuente de
conocimiento acerca del propio lenguaje. Ésta es la Función Metalingüística explícita. Aparece en espontáneas actividades ("cuando decimos otra
palabra queriendo decir una diferente) o de reflexión sobre terminología
("A los niños se les llama guambitos" (Esta palabra es usada en:
Huila, Tolima).
La alteración en la forma gráfica de la palabra (apasiona >
hapasiona) es a la vez consecuencia de la reflexión metalingüística que surge
en el personaje y de la que utiliza el narrador con el fin de transmitir, sin
intervenir con su propia voz, la actitud del personaje al lector obligándole; a
su vez, a la reflexión metalingüística también. De este modo, la creación del
autor actúa simultáneamente en los tres planos comunicativos de la narración
(el del personaje, el del narrador, el del lector). Los juegos de palabras,
generalmente intrascendentes, basados unas veces en la forma gráfica
(anacíclicos, anagramas, palindromos); otras, en el sonido o forma fónica
requieren para ser usados una cierta "reflexión metalingüística",
pues es obvio que no conducen directamente a un determinado significado; son,
más bien, a significativos y suelen desviar la atención de los
hablantes-oyentes hacia el carácter lúdico del acto de habla. Un estudio
más detallado podría en fin, multiplicar los ejemplos de conducta metalingüística
(implícita) reflexiva. Aunque aparentemente muy variados, hay un rasgo común
que los caracteriza: en todos los casos, el fenómeno descrito (aprovechamiento
de la homonimia, búsqueda sinonímica, fonosimbolísmo) está causado por (o ambas
cosas) la ruptura del automatismo verbal, insertando reflexión metalingüística
en un proceso comunicativo cuya finalidad no es primariamente la de informar
acerca del lenguaje. Frustrada la expectativa del receptor, su atención se ve
momentáneamente desviada desde la posibilidad “lógica” de sentido atribuible a
una determinada situación, al funcionamiento del sistema de la propia lengua
implicada. La conducta metalingüística irreflexiva es característica de la
lengua oral (inmediatez, fugacidad, espontaneidad); aunque naturalmente,
también pueden aparecer fenómenos de irreflexión metalingüística en la lengua
escrita. Y a la inversa; como hemos visto también la reflexión aparece en la
lengua oral.
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